Trabajaban en el mismo edificio, diferente planta. Él estaba en la séptima, departamento de finanzas y ella estaba en la tercera, organizando las campañas de marketing. Nunca habían llegado a dirigirse la palabra más allá de un cordial "Hola y Adiós" o "Buenos días".
Él iba y venía a la oficina en coche todos los días, no lo entraba en el parking de la empresa, a pesar de ser gratuito para empleados. Buscaba un sitio fuera, en la calle. Algunos días podía aparcarlo en la zona blanca, pero otros, como los lunes, que la zona estaba muy concurrida le tocaba ir a la zona azul y pagar para dejarlo todo el día. Le daba igual, no consideraba que la suerte de su día radicara en encontrar zona blanca o zona azul, para él, tener suerte era otra cosa.
Ella cogía el metro cada día, tardaba unos veinte minutos en llegar al trabajo, de la parada a la oficina apenas habían cinco minutos caminando. Lo odiaba. Siempre lo cogía a las 8 de la mañana, hora punta, lleno de gente. Algunos todavía en los brazos de Morfeo que se pasaban su parada. Otros enganchados a la cafeína para enfrentar el día y todos apretujados en los vagones,casi sin poder moverse y convirtiendo en una aventura el conseguir entrar o el salir de allí. Seguramente si lo cogiera media hora más tarde, seguiría llegando puntual al trabajo y con menos gente, pero aquello no era lo que le importaba.
Cada mañana, él y ella, se encontraban en la entrada de la oficina. Ambos caían el uno en el otro, se reconocían. Ella sonreía tímidamente mientras él sostenía la puerta de la entrada y la dejaba pasar. Los dos se miraban en el ascensor y pronunciaban un nervioso "Buenos días". Él, antes de pulsar el tercer botón, siempre le decía "¿Al tercero verdad?" a pesar de ya saberlo, y ella se apresuraba a confirmarlo, a pesar de saber que él ya lo sabía.
Aquello era tener suerte, coincidir a la entrada de la oficina, verse el uno al otro y poder desearse los buenos días.

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