jueves, 9 de octubre de 2014

Principios que se convierten en finales

Si hubiera evitado aquella situación, ese instante decisivo en el que tú no te das cuenta pero has determinado el rumbo de la historia, de tú historia. Todas las señales están a la vista, sabes lo que va a pasar, pero eres incapaz de verlo. Si tan solo hubiera estado más atenta, si lo hubiera pensado un segundo, con calma, en vez de dejarme guiar por la emoción, me hubiese evitado todo esto, unos meses con recuerdos increíbles, y con otros no tanto. Dónde he llorado hasta quedarme dormida y escuchando las canciones más tristes que existen, porque soy así, me gusta regocijarme en mi propio drama.

Aquel momento del que habló fue el que lo inició todo.  Se acercaban los exámenes finales del primer semestre, yo nunca he sido de estudiar en la biblioteca, me concentro mejor en mi cuarto, aunque siempre me acabo distrayendo igual. Lucia y sus amigos tenían un examen esa tarde y me preguntó si quería ir con ellos a estudiar allí.

Llegamos a las 4 de la tarde, ellos tenían examen a las 6 y sobre las 5 y media llegó él. Se conocían del grupo de música, era nuevo de este año y se sentó con nosotros a estudiar. Era guapísimo, pensé, unos ojos azules, que destacaban al ser moreno, con una mirada penetrante, era imposible no darse cuenta de que te miraba, como si intentará meterse en tu cabeza y además miraba directamente a los ojos, sin vacilar. Luego estaba su sonrisa, es una de esas sonrisas contagiosas, que la ves y te roba a ti la tuya. No era muy alto, más alto que yo eso sí, aunque no es muy difícil serlo. Y desde que llegó hasta que los demás se fueron a hacer el examen estuvimos todos hablando. En parte por eso no me gustan las bibliotecas, si vas con amigos al final acabas hablando, pero no seamos mentirosos, en parte es lo que más nos gusta de ir a la biblioteca con ellos, sentarte, abrir los libros y los apuntes y ponerte a cotillear en voz baja, como si nos contáramos secretos.

Un poco antes de las 6 se fueron todos y nos quedamos solos, él y yo. La conversación se acabó y nos pusimos a estudiar, o a intentarlo. Yo estaba nerviosa, no me concentraba en lo que leía y a veces tenía que releer la misma línea 5 veces para enterarme de algo.  Lo tenía sentado justo en frente, así que me desafiaba a mí misma y de vez en cuando le miraba. Él no me miraba a mí, o al menos yo no le pillé en ningún momento ni me dio la sensación y por suerte el tampoco vio que yo le mirase.

Quería hablar con él, pero no se me ocurría nada. No le conocía, para ser exactos le acababa de conocer, así que sería muy raro si de repente me pusiera a hablare y más estando en la biblioteca. Estuve como diez minutos dándole vueltas, que podía decirle o como podría llamar su atención, y al final se me ocurrió una muy absurda.

- Perdona, ¿te importaría vigilarme las cosas? Es que voy a ir al baño

El levantó la vista de lo que estaba leyendo, me miró y me dijo sonriendo:

- Si, si tranquila, yo te lo guardo.

Su sonrisa me mató, creo que hasta me puse colorada, espero que él no se diera cuenta. Me fui al baño sin saber muy bien que hacer, porque no tenía ganas de ir al baño.  Me miré en el espejo, me lave las manos y al cabo de un rato volví. El seguía allí, estudiando. Cuando me senté, levantó la vista y me sonrió, como he dicho era imposible no sonreírle.
Seguimos estudiando un rato más, deberían de ser las siete o las siete y media cuando de repente me habló:

- ¿Hasta qué hora tienes pensado quedarte?

- Pues no sé, no mucho más rato ¿por?

- Ah, bueno entonces nada, era por si te apetecía hacer un descanso y tomar un café. Pero si te vas a ir dentro de poco, no te merece la pena.

Y fue ahí, esa era la señal, era demasiado tarde para un café y llevaba en la biblioteca toda la tarde, la verdad era que si no hubiese sido  por él me hubiese ido cuando el resto se fue a hacer el examen.  Bajó la cabeza y volvió a ponerse a leer, y entonces fue cuando mi cabeza dejo de funcionar, mi conciencia se durmió y tomé la decisión que me ha llevado hasta aquí, a escribir está historia.

- Bueno, me apetece hacer un descanso.

Levantó la cabeza, me miró a los ojos y sonrió y yo le sonreía a él. Me vino a la cabeza una cita que había leído en alguna parte de una obra de Shakespeare: Cuando te vi, me enamoré. Y tú sonreíste porque lo sabías. Cogimos nuestras cosas y salimos de la biblioteca, y cuando ya estábamos fuera empezó todo. Entonces no lo vi, ni siquiera fui consciente de lo que estaba pasando, pero ya había empezado, hacía rato que había empezado todo.  

- Perdona, ¿me puedes repetir como te llamas? Es que soy muy mala para los nombres. 

- Si claro, Me llamo…

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